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Calidad: nadie invierte dinero (un bien tan preciado en nuestra actual economía) en un que no le presta ninguna utilidad.
Recordemos la actitud que tenemos frente a los distintos productos que vemos en la góndola del supermercado. Una simple lámpara quizás no se adapta a nuestro espacio, otra no combina con el color del cuarto, y otra es de tan mala calidad que cuando intentamos encenderla… ¡trae una bombilla quemada!
Ningún paga por algo que no le sirve, de plano, por la mala calidad. La cuestión de la calidad del servicio es el puntapié inicial de cualquier relación.

Atención al cliente: ¿quién quiere comprar en una empresa en la que nadie contesta el teléfono? Y cuando finalmente lo atienden, a nadie le gusta escuchar la trillada frase: “En este momento, no podemos atenderlo. Déjenos un mensaje y lo llamaremos más tarde”. ¿Más tarde? ¿A qué hora es “más tarde”? El celular no es la solución a esto.
Hay que estar siempre listos y bien dispuestos a escuchar al cliente cuando necesita algo y también cuando simplemente llama para hacer una consulta o plantear un pedido que no encaja en ninguno de nuestros servicios “estándar”.
Es importante recordar que no se puede brindar un “mismo” servicio para todos, pues hay clientes con necesidades especiales y, en este caso, se necesita flexibilidad para adaptarse.
En el ejemplo de nuestra lámpara, si tenemos una pregunta sobre el consumo de energía, ¿hay un empleado cordial dispuesto a explicarnos con claridad lo que le preguntemos?

Cuentas claras: el cliente es consciente del precio de mercado para cada servicio y está dispuesto a pagar un precio que refleje la calidad del producto que recibe.
¿Compramos la lámpara más barata? Definitivamente no. Compramos la que tiene un precio razonable, ni barata ni cara, y satisface mejor que todas las demás nuestra necesidad puntual.

En síntesis,

calidad + atención al cliente + cuentas claras = clientes satisfechos

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