Todos tenemos demonios con los que debemos lidiar. Y, cuando se habla de los demonios detrás de nuestro idioma, uno de los que se arrastran más a menudo de lo que creemos es la forma de escribir correctamente o decir un o en un proyecto de traducción o una sesión de interpretación. En español, hay muchas formas de escribir un . Nos basamos en una serie de sufijos para referirnos adecuadamente a la nacionalidad de una persona, lugar de origen o para referirnos a los habitantes de un lugar.

Como ocurre con la mayoría de las , siempre hay excepciones cuando se trata de la creación de un gentilicio. Algunos de estos sufijos son: -ano/a (como en boliviano/a, romano/a), -ino/a (como en parisino/a, argentino/a), eño/a (como en brasileño/a, caraqueño/a), -ense (como en costarricense, canadiense), -és/esa (francés/esa, danés/esa), -eno/a (esloveno/a, chileno/a), -í (como en saudí, bengalí) e -ita (vietnamita, moscovita). Luego vienen los irregulares o las excepciones a la regla: monegasco/a (provenientes de Mónaco), paraguayo/a, belga, ruso/a, sueco/a, por ejemplo.

Ahora, los verdaderos demonios aparecen cuando buscamos el demónimo o gentilicio para la gente de una ciudad específica. Esto es difícil para la mayoría de los ciudadanos de países donde se habla la misma lengua, así que imaginen llegar a ellos cuando se hace una traducción, o dar con el gentilicio en el momento durante una sesión de interpretación. A pesar de que podría no ser tan común decir “soy un birminghamiano” (de Birmingham, Alabama), son términos que tenemos que estar al tanto en determinadas circunstancias. Estos son sólo algunos de ellos: en América Latina, te nemos a los asuncenos (de Asunción, Paraguay), sanjuaneros (de San Juan, Puerto Rico), sanjuaninos (de San Juan, Argentina), josefinos (San José de Costa Rica) y a los managuas (uso neutro para los habitantes de la ciudad homónima).

En Europa no la tienen tan fácil tampoco. Tenemos a los lisboetas (de Lisboa), liverpulianos/as (para darles una pista, Los Beatles son liverpulianos), holmienses (de Estocolmo), sofiota (de… sí, Sofía, Bulgaria).

Parece como si los demónimos fueran un campo minado, pero son demonios necesarios que tenemos que saber y tener de nuestro lado si la batalla final llega a suceder.

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