Como la famosa traductora chilena, Marina Orellana, dijo una vez: “La traducción no es la transliteración, es decir, la transcripción de las palabras de una lengua a otra. (…) Lo que realmente importa es comprender las ideas y expresarlas correctamente.”

Si de hecho esta es la esencia de la traducción, entonces el arte del lingüista parecería asemejarse a aquel del poeta, cuyo arte delicado consiste en la transmisión de imágenes e ideas que trascienden la formalidad del texto material para producir algo más difícil y etéreo: el significado en sí. Especialmente en la literatura, pero también presente en casi cualquier forma de expresión artística, el significado es una entidad en constante cambio y evolución. ¿Cómo podrían las máquinas, incapaces de hacer ningún tipo de asociación creativa, competir con la chispa irrepetible de creación producida por el artesano de la palabra?

Pretender que una aplicación haga una interpretación sincera y la traducción de un texto es, para mí, tan inútil como esperar que un tostador componga una pieza de jazz original.

Sí, las máquinas, como las conocemos ahora, se pueden programar para establecer y asociar todo tipo de patrones intrincados a velocidades increíbles, y se minimiza gradualmente la posibilidad de cometer errores. Pero, romper los patrones de una manera caótica y errática, capaz de crear nuevas asociaciones posibles es algo que sólo los seres humanos pueden hacer. Por ahora…

Este año las empresas como Google han comenzado a aplicar el uso de la IA y sus motores procesan las traducciones, mejorando la manera en que este tipo de plataformas asocian segmentos enteros (en lugar de palabras sueltas), y tienen potencialmente a Internet como una base de datos lingüística en constante evolución.

En este punto el choque entre el hombre y la máquina comienza a ponerse interesante: La y las han comenzado a replicar el proceso de “comprensión” al punto que las computadoras han desarrollado la capacidad de “razonar” y “aprender” de sus propios errores, lo que permite que sus capacidades evolucionen dentro de un determinado conjunto de conocimientos.

Parecería que estamos llegando poco a poco a lo que tanto nos advirtieron muchas películas de ciencia ficción: el día en que los humanos se vuelven obsoletos y son reemplazados por máquinas.

No puedo negar que mencionar tales características humanas al referirme a dispositivos electrónicos me produce una sensación extraña por decir lo menos. El fulgor del ojo rojo de HAL cantando lentamente Daisy en 2001 Odisea del Espacio arroja un inquietante resplandor de precaución en lo que parece estar por delante.

¡Pero no temas compañero lingüista! Todavía se halla lejos la amenaza de Skynet bajo la apariencia de cualquier clase de de llamar a tu puerta, como Terminator, listo para volarle la cabeza. Tal vez, puede incluso no llegar a pasar.

Podría parecer que la clave para sobrevivir radica en nuestra humanidad imperfecta, porque la manera en la que elegimos comunicarnos es tan imperfecta como nuestra propia naturaleza humana, algo que los algoritmos de autoperfeccionamiento podrían no llegar a comprender.

Es cierto que la tecnología es una fuerza a tener en cuenta y que está constantemente en movimiento, y lo más probable es que algún día estos programas obtengan mejoras sustanciales de lo que nos pueden ofrecer hoy. Probablemente producirán traducciones aceptables, pero no hay duda de que se necesitará un cierto grado de intervención humana para hacer de ellas algo más que cáscaras vacías sin vida. Porque no importa qué tan rápido es un microchip o la cantidad de información que puede procesar en un segundo.

Las computadoras nunca entenderán el significado de un texto como un ser humano, ya que carecen de la capacidad para crearlos en primer lugar. Hasta ahora, ninguna computadora ha podido replicar o programar esa misteriosa chispa de comprensión que tiene lugar en el interior del cerebro humano.

La traducción automatizada, incluso la más sofisticada, seguirá siendo una herramienta útil y conveniente. En el mejor de los casos, los traductores podrían utilizar estos programas para pretraducir textos técnicos tediosos y repetitivos, tales como manuales de usuario, informes del clima, minutas (cualquier texto con patrones predecibles), que puedan posteditar y mejorar más adelante. Pero por regla general, la solución mejor y más rápida será traducir todo desde cero, utilizando la ayuda de una herramienta de traducción asistida.

La idea de que el software de traducción automática puede sustituir a los traductores es, en cierto modo, casi utópica. Porque la actividad cerebral puede ser imitada, sí, es cierto, pero el alma verdadera de un traductor sigue siendo única y no puede ser copiada.

De hecho, si ese día llega alguna vez, las computadoras no sólo reemplazarán a los traductores, sino a toda la raza humana.

Skynet, al parecer, tiene cosas más importantes que hacer.

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