Como lectores, nos enfrentamos todos los días a distintos tipos de textos, y cada vez más, en otros idiomas. Al hacerlo, decodificamos los signos que componen las palabras y construimos significados. Tenemos este proceso tan automatizado que es probable que demos por sentado todas las conexiones que realizamos al leer.

Un texto, entendido como todo lo que se dice o se escribe, no es independiente de los demás, y por sobre todo, no es algo estático; un texto es un lugar dinámico, en el que usualmente se evocan o se hace referencia a otros textos. Cada vez que un lector se enfrenta a un nuevo texto, habrá algo en él, ya sea una frase, un nombre o un mero concepto, que lo remite otros textos y que lo influenciarán en la actual y en la manera en la que dirigirá su interpretación.

Esta interconectividad e interdependencia entre textos se conoce como intertextualidad. En el momento de la lectura se construye, no único significado, sino toda una red de relaciones textuales, conformada por todo aquello que sabemos, y todos los textos que existen (los conozcamos o no); después de todo, es el propio lector quien establece las conexiones. Cada uno de nosotros tiene un bagaje cultural distinto, determinado por las propias vivencias. Los vínculos que establecemos nunca serán exactamente iguales a los que establece otra persona. Cuantos más realicemos, mayor será nuestro .

Si un personaje se llamara Julieta, y estuviera atormentada por un amor imposible, es probable que lo vinculemos a Shakespeare y la trágica obra Romeo y Julieta. Sin ir más lejos, en la actualidad le hemos dado un giro muy particular a la intertextualidad: los , que en cierta manera, no son otra cosa que el intertexto hecho visible; sólo hay que hacer clic para ser llevados a otra página, a otra idea, de manera casi infinita.

Otro ejemplo muy claro de este fenómeno se puede ver en la tradicional frase “Había una vez…”. No necesitamos más que esas tres palabras para saber qué sigue. Sabemos que se trata de un cuento infantil, que probablemente transcurra en el pasado y esté situado en un paraje remoto e impreciso, que haya reyes, animales que hablan, entre muchas cosas más, y que con suerte nos deje alguna moraleja. Sin darnos cuenta, ya estamos perdidos en la fantasía, recordando nuestra experiencia con todos los cuentos que conocemos que comienzan con esa frase.

Esos vínculos que establecemos enriquecen al texto y le dan mayor profundidad. Siempre habrá tantas interpretaciones como lectores; algunas referencias serán claras para muchos, mientras que otras sólo para algunos, pero siempre estarán debajo de la superficie aguardando pacientemente a ser descubiertas.

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