Algo muy particular sucede al momento en que disfrutamos de una película en un idioma que no es nuestro idioma madre. Sucede por lo general, a pesar de encontrarnos muy familiarizados con el idioma de la película o serie, que dejamos los activados. Esto puede suceder por hábito, pero se da una situación peculiar, nuestro cerebro opera dos funciones, analiza tanto lo que leemos como lo que escuchamos.

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Si bien este aspecto crítico y comparativo que se desarrolla cuando empleamos ambas actividades de forma simultanea es una capacidad que vamos adquiriendo y puliendo con el pasar de los años, hay cosas que mantenemos tal cómo aquella primera vez que comenzamos a deleitarnos audiovisualmente, como aquel bendito punto de fijación en la pantalla. Sin darnos cuenta, miramos hacia la posición de los subtítulos, es algo así como una actitud automática, un reflejo del cuerpo. Y de intentar hacer la prueba, incluso cuando los subtítulos no están, esta habituación que nos provoca mirar a la parte inferior de la pantalla como acto reflejo está siempre presente.

Una vez que llevemos esto a nivel consiente es cuando realmente podremos disfrutar de una película en idioma extranjero, sin depender de una lectura aclarativa y sin fijar la mirada a un punto ajeno a la acción principal. Y es en ese momento donde nos daremos cuenta cuánto dependemos de los subtítulos y cuánto nos afectan. En algunas ocasiones estaremos perdidos, apretaremos el botón para rebobinar, o en algunos segmentos habilitaremos la opción de lectura. Puede compararse como aquella vez en la juventud en que nos arriesgamos a usar la bicicleta sin rueditas. Es un riesgo que hay que sufrir para demostrar que podemos hacerlo.

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