“La gente entabla conversaciones, pues así se comunican las noticias […]. Un mulá se para en el medio […] y comienza a predicar en voz alta, o un derviche entra de repente y reprende a los congregados por la vanidad del mundo y de sus bienes materiales. A menudo, ocurre que dos o tres personas hablan al mismo tiempo, una tiene una postura, la otra, una opuesta, y a veces uno es un predicador, y el otro, un cuentista”.

Así describía Jean Chardin, un viajero y escritor francés del siglo XVII lo que pasaba en una cafetería, un lugar que todavía era una novedad en esa época.

La invención de las cafeterías fue un evento importante en la evolución de los humanos, la evolución de las ideas y la manera en que el mundo cambió a causa de esas ideas. La gente se ha reunido desde siempre, a tomar algo y charlar un poco. Lo más probable es que, hace cientos de años, ese algo haya sido siempre alcohol, ya que era más sano beber alcohol que el agua que encontraban por ahí. Pero, cuando finalmente apareció el café y se popularizó con el establecimiento de las cafeterías, la gente empezó a cambiar. La cafeína inundaba el cerebro, las conversaciones fluían con libertad, surgían ideas de todo tipo. Se hizo más fácil aclarar, enfocar y pulir las ideas, los conceptos, los temas.

Y ahora, permítanme predicar.

En otra ocasión, mencionamos al filósofo Heráclito y su idea de que el universo está en constante estado de cambio, fluye, se mueve, cambia incesantemente. Igual que el mundo, la lengua en general (y también la ) fluye, se mueve, cambia incesantemente.

Ahora, piensen en esto: Las y las son como un banco de memoria que evoluciona, que está vivo y cambia, igual que los humanos, las lenguas y los tiempos.

¿Pero cuándo son palabras sagradas esas memorias y esas bases? ¿Cuándo esos cambios representan solo alguien que vandaliza los jeroglíficos y cuándo son un viaje pedante de poder personal sobre las palabras? ¿O cuándo, simplemente, Godzilla arrasa con sus bancos de memoria y destruye lo que creían que eran traducciones aceptables que respetaban los estándares de la industria o del área específica o del cliente?

Esta publicación se escribió más con la intención de plantear preguntas que de responderlas. Ustedes me dirán, estaré en la máquina de café.

Mientras forman opiniones y argumentos acerca de las preguntas que planteé aquí, acerca de qué está bien y qué no, qué es lo bueno y qué es qué, los dejo con Philip K. Dick, un autor de ciencia ficción que habla acerca de nuestros amigos, los presocráticos:

“El filósofo griego presocrático Parménides enseñó que las únicas cosas reales eran aquellas que nunca cambiaban… y el filósofo griego presocrático Heráclito enseñó que todo cambia. Si superponemos los dos puntos de vista, obtenemos lo siguiente: Nada es real”.

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