En biología, existe un impulso tan conocido como arraigado por evitar la desaparición de las especies animales que habitan el suelo terrestre. En las ciencias del lenguaje, parece existir una motivación semejante, aunque con ribetes y resultados peculiares.

Algunas personas argumentan que la pérdida de la lengua, al igual que la pérdida de especies, es simplemente un hecho de la vida en un planeta en constante evolución. Pero abundan los argumentos en contra.

Debido a que hay tantos , es imposible etiquetar uno solo como el más raro o el más amenazado, pero hay al menos 100 en todo el mundo que solo tienen un puñado de hablantes, desde el ainu en Japón al yagán en Chile.

Ni hablar del desafío que supondría localizar a estas personas. Existen algunos casos que cobraron cierta notoriedad: Marie Smith Jones falleció en Alaska en 2008, llevándose a la tumba sus conocimientos del eyak, una lengua de la familia na-dené, tradicionalmente hablada por los del área sur de Alaska central, cerca de la desembocadura del río Copper.

Además, ocurre generalmente que se trata de personas mayores (habitualmente en un estado precario de salud) que no pregonan sus competencias lingüísticas.

Así, la de una especie animal incluiría los esfuerzos necesarios por preservar la salud de los últimos ejemplares y, en el mejor de los casos, buscar su reproducción. Pero en el campo de la lingüística nos topamos con otros retos. Aunque un idioma sea hablado por cierto número de personas, no siempre se da que vivan en una misma zona o, como ocurrió con la lengua mexicana precolombina ayapaneco, que los dos últimos hablantes supervivientes se negaran durante años a hablarse entre sí debido a una antigua disputa.

Una posible clave para dirimir este dilema podría encontrarse en un pilar de la literatura occidental. La Ilíada era una historia oral, antes de que fuera escrita, al igual que La Odisea. ¿Habrá en el mundo muchas obras fundamentales que nunca conoceremos porque nadie las registró antes de que desapareciera la lengua?

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