A modo de continuación de uno de nuestros últimos artículos, me gustaría seguir reflexionando sobre la idea de pensar en los lingüistas como si fueran , narradores o incluso artífices de algún tipo, dada la naturaleza compleja de su oficio.

El llamado artesano de la palabra, como hemos mencionado antes, es alguien experto en el arte de manipular el idioma de manera tal que podría crear un nuevo tejido de la realidad. Algo así como los miembros de la casta mítica conocida alguna vez como los lenguas de plata: narradores místicos que supuestamente podrían obtener poder de sus palabras para afectar el tiempo y el espacio.

Si regresamos a través del tiempo, podemos reconocer fácilmente algunas figuras míticas o históricas que podrían encajar fácilmente el papel de estos “oradores supernaturales”. Piensen en Sócrates, Homero, Diógenes, o incluso el mítico Dédalo.

Para Sócrates, el texto no era más que palabras muertas en un pergamino. Nada más que un recipiente vacío que ya ha perdido su chispa primitiva.

Por otro lado, Dédalo, de acuerdo con algunos poetas de la antigüedad, habló de sus curiosas invenciones en voz alta antes de que existieran. No hay bocetos o planos implicados. Él solo las evocaba con pura retórica y concentración, tomando la fuerza de sus propias palabras. Pensar que el nos podría prestar tal poder es alucinante, por decir algo.

Si recordamos una vez más las ideas de Galileo sobre el misterio del lenguaje y su papel en el universo, sin los cuales estaríamos “vagando en ese oscuro laberinto”, tropezando sin rumbo y sin mucho sentido de propósito o dirección, la idea del laberinto se ajusta a nuestro propósito como un guante.

Dédalo, al parecer, en su papel de artífice-, un verdadero artesano de la palabra, podría resolver el enigma de la metáfora ineludible de la falta de comunicación que es su propio laberinto. Una vez que es capaz de huir del laberinto mediante un muy poético conjunto de alas para él y su joven hijo Ícaro, inmediatamente sufre el revés de su propia bendición. Su hijo muere cuando trágicamente cae al mar, tal como él había anticipado que iba a suceder.

Para estos paladines de lengua de plata, o alquimistas incluso, es su propia voz la que parece darle fuerza a la magia detrás de sus poderosos pensamientos. Lo que todo aspirante a escritor moderno se esfuerza por encontrar en estos días con el fin de definirse a ellos mismos y a su oficio: encontrar su propia voz. Una búsqueda que tiene que ver con el descubrimiento de nuestra propia esencia, lo que somos, y cómo elegimos acercarnos al estrago ruidoso que es el mundo en que vivimos.

Es la misma razón por la que Platón escribió diálogos para conservar las ideas de su profesor, tratando de emular una conversación viviente de la manera más fiel posible, en un intento de preservar su chispa sagrada.

No me malinterpreten. La palabra escrita ha hecho que la civilización avance un largo camino, pero también nos ha alejado de lo más esencial: esa chispa que estos artífices protegen con tanta osadía. Una luz única que brilla dentro de cada uno de nosotros con nuestro propio brillo personal.

Tenemos que volver a lo básico. Volver a Babel. A balbucear en lenguas, hasta que alcancemos nuestra esencia más pura, y estemos dispuestos, una vez más, a derribar las torres de marfil que nos han aislado durante tanto tiempo. Para llevar el poder de nuevo a las palabras. Para llevar el poder de nuevo a la gente.

Esta vez solo tenemos que recordar no volar tan cerca del sol.

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