Imagínense esto:

Una mujer de unos 60 años sentada en la recepción de la tintorería, sus dedos volando rápidamente sobre un teclado de computadora. Golpea las teclas de función, numéricas y flechas tan rápido que el ojo no puede seguir el ritmo de los movimientos. En la pantalla se ven tablas negras y verde lima con números y palabras: datos en bruto procesándose a la velocidad de un rayo.

Fui testigo de esta escena hace tan solo unos días, y debo admitir que mi prejuicio no me permitía asociar a las personas del grupo demográfico de la dama en cuestión con la informática. He visto a mis parientes mayores luchando para completar incluso las tareas más simples en sus tabletas y smartphones, con sus interfaces gráficas ordenadas y sencillas, así que nunca imaginé que podían hacer tan bien algo tan «computadoril». Estaba equivocado.

En realidad, los cambios recientes en el uso de la tecnología informática han hecho que las tareas de computación sean más difíciles y complejas, a pesar del hecho de que las interfaces y los equipos parecen más fáciles de usar que nunca. La no es la excepción. También somos víctimas de lo que llamo el fin de la era digital.

Sí, bienvenidos al final de la era digital. Bienvenido a la desaparición de máquinas poderosas que procesan datos a velocidades increíbles. Bienvenidos a la era del .

Tal vez les sorprenda saber a quién culpo de la desaparición de la computadora: nada menos que a Steve Jobs y el sistema Macintosh. Y antes de atacarme por criticar a una figura tan santificada del mundo de la informática y el diseño, escúchenme:

El sistema Macintosh introdujo algo completamente ajeno al mundo de las : interfaces gráficas de usuario y el diseño decorativo. Antes, la estética de la computadora era retro-futurista y nerd, básica, funcional, y en mi humilde opinión exquisita. No tenía nada que ver con la revista Country Living o Paul Rand o una tienda de ropa de la 5ª Avenida. Sin embargo, en algún momento de los 80, alguien decidió que ser eficientes no alcanzaba; los ordenadores también tenían que ser bellos. Ese fue Steve Jobs, con su visión paradójica de equipamientos y sistemas en apariencia sencillos. Algo que toma mucho trabajo. Algunas no pudieron ponerse a la altura de estas nuevas demandas. Si recuerdan el Apple III, se acordarán de una carcasa de aluminio que se veía genial, y también de las placas base deformadas, microchips voladores y la completa ausencia de un ventilador de refrigeración.

Para los traductores, la queja proviene de la obsesión de Steve con “fuentes hermosas”. Digo obsesión porque él hablaba siempre de lo mismo en las entrevistas. Fuentes hermosas se traduce en el uso de cientos de ajustes que se pueden hacer a las cartas para que se vean más bonitas en la pantalla o impresas. Para dar un ejemplo, una fuente hecha para quedar bien en un tamaño pequeño, tendrá espacios asimétricos al ampliarse, por lo que los diseñadores gráficos deberán ajustar el espacio entre cada letra manualmente. Herramientas de traducción ven estos cambios como etiquetas. Se ve algo como esto: H{3>ol<3}a m{3>u<3}n<4>do! (Se supone que debe decir: «Hola mundo»).

Esto hace que traductores de todas partes exclamen: “¡soy un traductor, maldición, no un diseñador gráfico!” Realmente, tiene a toda la población de la Tierra exclamando eso. En la actualidad, se espera que todos seamos expertos en diseño, y, francamente, la mayoría de nosotros no tienen la destreza. Admítanlo: han escrito documentos con saltos de sección y líneas de saltos horribles, con atributos de fuente inconsistentes, fotos de baja resolución, saltos de columna imposibles de manejar, y más tabulaciones que las que la regla puede soportar. He visto que lo haces, y no te culpo. Yo también lo hago.

Esta tendencia de la computación viola el primer principio de diseño que la forma debe seguir a la función. Por lo tanto, las computadoras deberían parecer tan poco firme y amarillenta como sea necesario, para que procesar datos de forma rápida. No hay necesidad de que la información se vea bella, porque eso toma más tiempo que el trabajo real. Todo lo que queríamos, después de todo, era procesar un texto.

¡Así que viva el verde lima sobre verde oscuro! ¡Vivan las letras cuadradas! ¡Vivan los pitidos y luces parpadeantes! Porque de eso se trata una computadora.

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