En el lugar y en la época en que crecí, hablar más de una lengua no estaba bien visto. Quedaba uno marcado como distinto. Los niños solían mirarme raro y hacer bromas, como si yo fuera un extraterrestre. En un pequeño pueblo rural del sur de Virginia, ser políglota no me hacía mucha gracia. Avergonzado, quise ocultar esta habilidad como lo hacen los superhéroes en las historias de sus orígenes.

Todo esto empezó a cambiar para mí cuando mis padres nos enviaron a mi hermana y a mí en un viaje a España, con un grupo de jóvenes que, en su mayor parte, tendrían alrededor de 15 años. Yo tenía 12 o 13 años en ese momento. En aquel entonces y para este rango de edades, una diferencia de dos años de edad era importante. Los adolescentes de 15 años no querían pasar tiempo con un chico de 13. Mi hermana se encontraba justo en ese rango de edad, por lo que pudo integrarse con facilidad.

Mi hermana y yo éramos los únicos chicos del grupo que hablaban español, a pesar de que había chicos de todo Estados Unidos. Y fue en este viaje que comencé a ver mi habilidad para hablar otro idioma como una especie de poder, o, al menos, como algo positivo. Resulta que ser capaz de comunicarse (pedir comida, preguntar por una dirección, e incluso engañar a un portero para entrar en un club sin ser mayores de edad) era algo genial. Mientras otros sacaban sus guías de para viajeros (no había teléfonos inteligentes ni aplicaciones de traducción en esa época), yo hablaba con fluidez con los lugareños en mi versión bastante americanizada del español latinoamericano.

Rápidamente capté la atención de todo el grupo y me convertí en el traductor de referencia para los más jóvenes, especialmente para las cosas que ellos no se atrevían a preguntarle al guía turístico. Aquel viaje a que compartí con un grupo de jóvenes estadounidenses cambió el rumbo de mi vida. Ya no ocultaría más mi idioma, ni mi herencia cultural, para el caso, y comencé a ver que este tipo de habilidades en un contexto más amplio no solo eran buenas, sino también un recurso escaso y muy preciado. Resulta que ser multilingüe puede aportar otros beneficios, incluso un mayor rendimiento cerebral en términos de concentración, creatividad y habilidades cognitivas.

Era como un espía, la única persona en mi pueblo que podía descifrar códigos secretos. Incluso los profesores de español (algunos que realmente no hablaban español) me hacían preguntas. Claro, de vez en cuando algún niño intentaba menospreciarme con algún epíteto racial o con algún comentario despectivo. Pero era mucho más fácil ignorarlo cuando la mayoría de la clase, las chicas y el profesorado estaban impresionados con una habilidad que obtuve casi sin esfuerzo.

Años más tarde, después de haber vivido mucho tiempo en Europa y en América Latina, me di cuenta de que saber tan solo dos idiomas me resultaba poco. Quedé sorprendido cuando vi que, en Europa, muchos chóferes de taxi podían hablar hasta cinco idiomas con total facilidad. Había aterrizado en un lugar donde mi superpoder ya no era tan súper. De hecho, sentía que me despreciarían como rústico por saber tan solo dos idiomas. Resultó un cambio agradable, de una manera extraña, saber que todas esas preocupaciones de hacía años sobre no encajar en la sociedad habían sido en vano. En realidad, el lenguaje era realmente un signo de las personas educadas, cultas y de mente abierta.

Hoy pareciera que hay un movimiento para volver a una época en la que ser extranjero o poder hablar una lengua distinta vuelve a verse como algo negativo. Esta mentalidad de “en Estados Unidos solo necesitas hablar inglés” me recuerda tiempos que pensé que habían quedado atrás. La realidad para mí es que conocer dos idiomas me ha abierto nuevos mundos en términos de interacción humana, conciencia cultural, vastas oportunidades comerciales y, simplemente, un pensamiento más amplio.

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