Una de las pruebas más famosas en el ámbito de la inteligencia artificial se llama la “Prueba de Turing”, por el matemático británico Alan Turing. Un ser humano evaluador entabla una conversación con una entidad que no ve, por ejemplo a través del chat, y debe decidir si la conversación tiene lugar con un ser humano o una computadora. Si un programa puede imitar a un ser humano durante toda la conversación, se dice que aprobó la prueba de Turing, y se lo declara inteligente.

Se puede idear un tipo de prueba similar para las traducciones realizadas por máquinas. Si el resultado de una traducción automática no puede diferenciarse de la traducción que hubiera realizado un ser humano, podemos afirmar que el motor de traducción ha aprobado esta prueba de Turing restringida. Como ya lo hemos mencionado, estamos lejos de esta situación en la actualidad.

Pero la entidad que aprobaría esta prueba de Turing restringida con gran éxito es la combinación de traducción automática más postedición. Es la intervención de un ser humano lo que garantiza la buena calidad del producto.

Una característica rara de la prueba de Turing es que una computadora sencilla puede identificarse inmediatamente de manera muy directa, por ejemplo, al preguntar el producto de dos números grandes. Un programa más sofisticado deliberadamente “mentiría” al tomarse mucho tiempo para responder, o incluso al dar una respuesta incorrecta para parecer más convincente.

Como la ventaja principal de usar una máquina es la con la que se puede realizar una traducción, el modo equivalente a hacer trampa sería retardar la traducción algunas horas para aparentar que hay un ser humano tratando de realizarla poco a poco.

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Traducción del original de Pablo A.

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